Cada cierto tiempo me visita la nostalgia. Se toma mi cama y comienza a chorrear por los espacios. Entre más grande es el lugar, más difícil es el proceso de limpieza, lavado, y secado. Por eso prefiero vivir en lugares pequeños, pero en general, me toca habitar sitios abandonados de grandes proporciones. Soy una suerte de guardían del vacío, y mi deber es llenar todo con mi presencia, aunque la mayor parte del tiempo, sucede lo contrario: Soy yo el que termino en ese agujero negro que, según lo poco que he escuchado sobre el cosmos, dicen que puede absorber galaxias completas.
Por alguna razón, lo creo posible. O al menos lo siento posible.
Todo empieza por un olor, procesado en mis entrañas, mezcla de cerveza y grasas saturadas, que durante la noche se va volviendo más denso. Cambia de color el clima interior y ensombrece las cortinas, hasta volverlas totalmente herméticas. Afuera podría estar sucediendo una tormenta o el mejor de los días soleados, pero aquí, sólo se permite la luz de una pantalla, que aburre de su monotonía. En días como este me alimento de las ratas que circulan por el entretecho, y las sazono con las moscas que esperan su turno para probar algún cadaver. El de las ratas, o el mío.
Quisiera nunca contagiar a nadie de este sentimiento, pero me da la impresión de que es una Infección de Transmisión Sexual, tan contagiosa como cualquier epidemia, que permanece pasiva hasta algun movimiento del astro más cercano, o satélite, no se cómo le dicen a la luna. No conozco de astrología, pero he visto cómo influye en el crecimiento de las plantas, y en mi estancamiento de raíces, cuyo legado se adhiere húmedo y espeso a la cama de turno, que ya ni siquiera es mía, pero como todas las anteriores, puedo impregnar de mi pesimismo, y dejarlo ahí, hasta que cobre su siguiente víctima. Que seré yo mismo, lo más probable.
Lo que aún no entiendo, es por qué sigo escribiendo, a pesar de tener muchas ganas de no hacerlo. Pero la poesía me persigue como si no tuviera nada mejor qué hacer.
1 comentario:
Hola Mariano, aprovecho tu post para soltar algunas palabras...
He tardado más de lo esperado en aprender a perdonar y aún más, en perdonarme. Pasé un tiempo caminando con la rabia como una piedra en el zapato y la culpa como una tormenta que nunca dejaba de llover. Mis recuerdos contigo eran como vidrios rotos, cada vez que los tocaba, terminaba sangrando. Y seguí así, aferrándome a fragmentos que no sabían hacer otra cosa más que herir.
Pero últimamente algo cambió, como si el viento cansado de golpear la misma puerta, hubiera decidido entrar en calma, el polvo comenzó a asentarse. Y debajo, donde pensé que solo quedaban ruinas, descubrí que había un poco de luz.
Volvieron a mí cosas que creí enterradas bajo toneladas de silencio. Ese invierno viendo Steven Universe en tu casa, cuando el mundo afuera era puro frío y la lluvia golpeaba los vidrios como dedos impacientes pidiendo quedarse. Las mantas parecían barcos en medio de un océano gris, y por un corto rato quise creer que nada podía hundirnos. Y regresan detalles mínimos, invisibles para cualquiera, el olor dulce a fruta en tus desayunos, como si cada mañana fuera una promesa recién cortada de un árbol que no conocía el invierno. Una canción que cae desde alguna parte del cielo. Un color que se desliza por la calle y de golpe me arrastra a ese tiempo congelado donde todavía eras un refugio, o una especie de bunker.
No te escribo porque quiera saber de tu vida, ni porque quiera que regreses a la mía. No hay puertas abiertas ni llaves escondidas. Esto no es nostalgia pidiendo regreso, es memoria despidiéndose sin derramar sangre. Hoy puedo mirar lo que fue sin temblar y recordar que ya no es un incendio, ahora es una brasa tibia, de esas que iluminan apenas lo necesario.
Buenas nochecitas.
Publicar un comentario